Hay días en los que oro sin ganas… Y aun así oro
No todos los días la oración nace con fervor. Hay jornadas en las que el alma se siente seca, la mente dispersa y el corazón cansado. Las palabras salen mecánicas, sin emoción. Y entonces aparece la duda: ¿Tiene sentido orar así?
Sin embargo, incluso en esos días, algo dentro decide permanecer. Y aun así, oro.
Existe una idea implícita de que la oración debe sentirse intensa, inspiradora, consoladora. Cuando no ocurre, creemos que estamos fallando. Pero la vida espiritual —como la vida emocional— no es lineal. Hay estaciones de entusiasmo y estaciones de aridez. Ambas forman parte del camino.
Orar sin ganas no es hipocresía; muchas veces es fidelidad. Es elegir permanecer cuando no hay recompensa emocional inmediata. Es un acto de voluntad que dice: “No entiendo lo que siento, pero no me voy.”
Santa Teresa de Calcuta y la noche interior
La experiencia de la sequedad espiritual se refleja profundamente en la vida de Santa Teresa de Calcuta. Durante años, experimentó lo que se conoce como “noche espiritual”: una sensación prolongada de ausencia de consuelo interior. Y aun así, siguió orando, sirviendo y permaneciendo fiel.
No porque siempre sintiera entusiasmo, sino porque su fe no dependía exclusivamente de la emoción. Ella misma escribió sobre esa oscuridad interior, y lejos de abandonar, decidió quedarse. Su vida nos recuerda que la profundidad espiritual no siempre se mide por lo que se siente, sino por la perseverancia silenciosa.
Orar también es quedarse
Hay días en los que la oración no consuela, pero sostiene. No emociona, pero estructura. No ilumina de inmediato, pero mantiene encendida una pequeña llama de confianza.
Desde una mirada psicológica, podríamos decir que la constancia en la oración —incluso sin ganas — fortalece la coherencia interna. Integra voluntad y sentido. No todo lo valioso nace del impulso; mucho de lo transformador nace de la decisión.
Orar sin ganas es decir: “Hoy estoy cansado, distraído, tal vez vacío… pero sigo aquí.” Y ese “seguir aquí” tiene un valor profundo.
Santa Teresa nos enseña que la fidelidad en la aridez es una forma madura de amor. Que no siempre se trata de sentir a Dios, sino de permanecer disponibles. Y que incluso en el silencio interior, algo invisible se está gestando.
Porque hay días en los que oro sin ganas… Y aun así oro.
PS. Rafael Romero