A muchas personas les cuesta mirar hacia atrás. El año que pasó suele convertirse en una mezcla de recuerdos, emociones no resueltas, metas inconclusas y exigencias internas. Por eso, cuando hablamos de evaluación personal, es común que aparezca la culpa, la frustración o la sensación de “no fue suficiente”. Sin embargo, mirar el pasado no tiene como objetivo juzgarnos, sino comprendernos.
El pasado no es un juez; es una fuente de información. Cada experiencia vivida, cada logro alcanzado y cada intento fallido contiene datos valiosos sobre quiénes somos, cómo funcionamos emocionalmente y qué necesitamos para avanzar con mayor conciencia. Cuando evitamos revisar lo vivido, repetimos patrones; cuando nos atrevemos a mirarlo con honestidad y compasión, abrimos la posibilidad de cambio.
Evaluar el año anterior va mucho más allá de hacer una lista de objetivos cumplidos o no cumplidos. Implica observar nuestras distintas áreas de vida: la salud emocional, las relaciones, el trabajo, el autocuidado, los límites, los proyectos personales y el sentido que le dimos a nuestro tiempo. En este proceso es importante preguntarnos no solo qué logramos, sino también cuánto esfuerzo sostuvimos, qué dificultades atravesamos y qué aprendimos de nosotros mismos.
Aquello que no se logró suele doler más que lo alcanzado. Sin embargo, lo no cumplido también tiene un mensaje. A veces no se trató de falta de voluntad, sino de cansancio emocional, de expectativas poco realistas o de estar atravesando procesos internos que necesitaban atención. Resignificar lo que no se logró nos permite soltar la culpa y transformar la experiencia en aprendizaje.
Mirar al pasado con una mirada terapéutica nos ayuda a conectar con el presente. ¿Cómo estoy hoy después de todo lo vivido? ¿Qué cargas sigo arrastrando? ¿Qué ya he podido soltar? El presente es el punto de partida real, no la versión ideal que creemos que “deberíamos” ser. Desde aquí es posible planificar de forma más sana y consciente.
Planificar el futuro no consiste en llenar la agenda de metas, sino en definir una dirección con sentido. Menos objetivos, pero más alineados con nuestros valores. Menos exigencia, más coherencia interna. Una planificación saludable parte de tres preguntas esenciales: ¿qué quiero mantener?, ¿qué quiero cambiar? y ¿qué quiero construir en este nuevo año? A partir de ellas, se pueden definir acciones concretas, realistas y emocionalmente sostenibles.
El verdadero crecimiento personal no ocurre cuando empezamos un año con perfección, sino cuando lo iniciamos con conciencia. Mirar el pasado con respeto, habitar el presente con honestidad y proyectar el futuro con intención nos permite vivir de una manera más humana y más compasiva con nosotros mismos.
Porque al final, no se trata de hacerlo todo bien, sino de vivir con mayor claridad, sentido y amabilidad interior.
Mirar el camino recorrido para caminar con sabiduría
Antes de entrar en la tierra prometida, Moisés reunió al pueblo de Israel para recordarles el camino recorrido. No fue un acto de nostalgia ni de reproche, sino un ejercicio profundo de conciencia. Mirar hacia atrás era necesario para entender quiénes eran en ese momento y cómo debían vivir lo que venía. Así lo expresa la Escritura:
“Recuerda todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer” (Deuteronomio 8,2).
El pueblo había atravesado años de desierto, incertidumbre, caídas y también provisión. Hubo momentos de fidelidad y otros de queja, avances y retrocesos. Sin embargo, cada experiencia tenía un propósito formativo. El desierto no fue un castigo, fue una escuela del corazón. Mirar ese pasado les permitía comprender que no todo se trataba de llegar rápido, sino de transformarse por dentro.
En ese ejercicio de memoria, el pueblo pudo reconocer no solo las victorias, sino también las veces en que dudó, temió o quiso volver atrás. Y aun así, Dios había permanecido fiel. Recordar el pasado con verdad les ayudaba a soltar la culpa y a entender que incluso los errores habían sido parte del proceso de aprendizaje y maduración.
Desde esa memoria consciente, Moisés los invitó a mirar el presente. Ya no eran esclavos, pero tampoco estaban aún establecidos. Vivían un tiempo de transición. El presente se convertía entonces en un espacio de decisión: seguir repitiendo viejos patrones o caminar con mayor confianza. Comprender dónde estaban les permitía asumir con responsabilidad el momento actual, sin idealizarlo ni rechazarlo.
Solo después de ese recorrido interior, el pueblo estuvo en condiciones de mirar al futuro. La tierra prometida no era solo un lugar físico; representaba una nueva forma de vivir. Para habitarla, no bastaba con entrar, era necesario hacerlo con un corazón ordenado. Por eso Moisés les recordó:
“Elige, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30,19).
Mirar el pasado, entender el presente y proyectar el futuro es también un camino espiritual y humano. Cuando recordamos con honestidad, comprendemos con humildad y decidimos con conciencia, el futuro deja de ser una carga y se convierte en una posibilidad.
Así, como el pueblo en el desierto, cada inicio de ciclo nos invita a hacer memoria, a reconocer lo aprendido y a caminar hacia adelante con mayor sabiduría interior. Porque Dios sigue actuando no solo en el destino final, sino en cada paso del camino.
Ps. Rafael Romero