Me cuesta descansar sin sentir culpa
Descansar debería ser un acto natural. El cuerpo lo pide, la mente lo necesita y el alma lo agradece. Sin embargo, para muchas personas, detenerse viene acompañado de una sensación incómoda: culpa. Culpa por no estar produciendo, por no estar “aprovechando el tiempo”, por sentir que siempre falta hacer algo más.
Vivimos en una cultura que aplaude el cansancio, que confunde valor personal con productividad constante. En ese contexto, descansar puede sentirse como un error, una debilidad o incluso una falta de compromiso. Pero ¿desde cuándo cuidar de uno mismo se volvió algo reprochable?
La culpa al descansar suele esconder creencias profundas: “si paro, decepciono”, “si descanso, soy flojo”, “mi valor depende de cuánto hago”. Estas ideas, aunque comunes, van desgastando la salud mental y espiritual. El descanso deja de ser reparador y se convierte en una lucha interna.
San Benito y el equilibrio olvidado
Esta tensión entre hacer y descansar se refleja muy bien en la vida de San Benito de Nursia, padre del monacato occidental. Su famosa regla se resume en una frase sencilla pero poderosa: Ora et labora (reza y trabaja).
San Benito no promovía una vida de agotamiento ni de pasividad. Para él, el equilibrio era esencial. El trabajo tenía sentido, pero también el descanso, el silencio y la oración. De hecho, entendía el descanso no como pérdida de tiempo, sino como un espacio necesario para reencontrarse con Dios y con uno mismo.
En la Regla de San Benito, los tiempos de trabajo están claramente delimitados, así como los tiempos de descanso y contemplación. No por capricho, sino porque sabía que un corazón cansado termina endureciéndose, y una mente saturada pierde claridad.
San Benito nos enseña que descansar no es abandonar la misión, sino sostenerla. Que parar no es fallar, sino escuchar los límites humanos que también son sagrados.
Descansar sin culpa también es un acto de fe
Descansar implica confiar. Confiar en que el mundo no se derrumba si nos detenemos. Confiar en que no todo depende de nosotros. Confiar en que Dios también actúa mientras nosotros reposamos.
Cuando descansamos sin culpa, estamos diciendo: “No soy solo lo que hago. Mi valor no se mide por mi agotamiento”. Y ese mensaje sana profundamente.
Quizás hoy el mayor acto de responsabilidad emocional y espiritual sea permitirnos descansar con paz. No como un premio por haber hecho “suficiente”, sino como una necesidad legítima del alma.
San Benito nos recuerda que una vida ordenada no es una vida sobrecargada, sino una vida en equilibrio. Y que el descanso, vivido con conciencia, también puede ser una forma silenciosa de oración.
Ps. Rafael Romero