Comparé mi proceso con el de otros, mi ritmo con el de quienes parecían avanzar más rápido, mi forma de amar, de servir, de creer, incluso de sanar. Y aunque muchas veces lo hice en silencio, sin decirlo en voz alta, por dentro la comparación fue desgastando mi paz.
La comparación suele presentarse como algo inocente: “solo estoy observando”, “solo quiero mejorar”, “solo quiero ser como…”. Pero en el fondo, cuando no es consciente, termina convirtiéndose en una forma sutil de desvalorización personal. Cada vez que me comparo sin compasión, dejo de mirarme con amor y empiezo a medir mi valor desde parámetros que no me pertenecen.
Desde la psicología emocional, sabemos que la comparación constante activa pensamientos automáticos negativos: “no soy suficiente”, “voy atrasado”, “otros lo hacen mejor que yo”. Estos pensamientos no motivan; desgastan. No impulsan el crecimiento; alimentan la culpa, la envidia o la frustración. Y lo más delicado es que nos desconectan de nuestra propia historia.
Aquí es donde la vida de Santa Teresita del Niño Jesús ilumina profundamente este tema.
Teresita vivió en un convento rodeada de mujeres profundamente virtuosas. Podría haberse comparado con facilidad: algunas rezaban mejor, otras parecían más fuertes espiritualmente, otras tenían dones más visibles. Ella misma reconoce que, en un inicio, esto la confrontó. Sin embargo, su gran descubrimiento fue entender que no todos estamos llamados a recorrer el mismo camino, aunque vayamos hacia el mismo Amor.
Su famosa “pequeña vía” nace precisamente de dejar de compararse. Teresita comprendió que no tenía que ser grande como otros santos, sino fiel a lo que ella era. Entendió que Dios no esperaba de ella hazañas extraordinarias, sino un amor auténtico vivido desde su pequeñez. Cuando dejó de compararse, encontró libertad. Cuando dejó de exigirse ser otra, comenzó a florecer siendo ella misma.
Este mensaje es profundamente terapéutico.
Compararnos nos aleja del presente. Nos saca del “hoy” y nos coloca en un escenario ficticio donde siempre salimos perdiendo. En cambio, aceptar nuestro proceso —con avances y retrocesos— nos devuelve al aquí y ahora, donde sí tenemos poder de acción.
Tal vez hoy, como Teresita, necesitamos decirnos con honestidad: “Sí, me he comparado más de lo que quisiera admitir… pero ya no quiero seguir viviendo desde ahí.”
Porque no sanamos comparándonos. Sanamos reconociendo nuestro ritmo, honrando nuestra historia y comprendiendo que cada proceso tiene su propio tiempo. No todos crecen igual, no todos cargan lo mismo, no todos han vivido las mismas heridas.
Santa Teresita nos recuerda que el valor no está en ser más que otros, sino en ser fieles a quienes somos. Y desde la psicología, sabemos que cuando dejamos de compararnos, fortalecemos la autoestima, reducimos la ansiedad y construimos una relación más sana con nosotros mismos.
Hoy, quizá el mayor acto de amor propio sea este: dejar de mirarnos con los ojos de la comparación y empezar a mirarnos con los ojos de la compasión.
Porque tu camino no es tarde. No es menor. Es tuyo.
PS. Rafael Romero