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Hay momentos en los que la fe se vuelve un ejercicio mental. Pensamos a Dios, lo analizamos, lo explicamos, lo defendemos con argumentos… pero no siempre lo sentimos. Sabemos que está, creemos que existe, confiamos en sus promesas, pero el corazón parece ir a otro ritmo. Cree la mente, pero el alma duda.
Esta experiencia no es nueva. También la vivió uno de los discípulos más humanos del Evangelio: Tomás.
Tomás no fue un incrédulo sin fe, fue un creyente que necesitaba comprender. No rechazó a Jesús, simplemente no pudo creer desde la emoción cuando el dolor y la confusión lo habían tocado profundamente. Cuando los demás le dijeron: “Hemos visto al Señor”, él respondió desde la cabeza, no desde el corazón:
“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y no meto mi dedo en el lugar de los clavos, y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Jn 20,25).
Tomás necesitaba pruebas, evidencias, certezas. Como muchos de nosotros cuando la vida golpea, cuando rezamos y no sentimos nada, cuando creemos en Dios más como una idea que como una experiencia viva. En esos momentos, la fe se vuelve lógica, teórica, incluso defensiva.
Pero Jesús no rechazó a Tomás por dudar. No lo humilló ni lo expuso. Se acercó a él con ternura y respeto, y le dijo:
“Trae aquí tu dedo… no seas incrédulo, sino creyente” (Jn 20,27).
Ese encuentro marca el paso de la fe mental a la fe del corazón. Tomás ya no argumenta, ya no pide pruebas. Solo pronuncia una de las confesiones más profundas del Evangelio:
“¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20,28).
Ahí ocurre algo importante: Tomás no deja de pensar, pero ahora su fe ya no nace solo de la razón, sino del encuentro. La cabeza entiende, pero el corazón se rinde.
Muchas veces creemos en Dios como quien cree en un concepto: correcto, necesario, lógico. Pero Dios no quiere habitar solo en nuestras ideas, quiere tocar nuestras heridas, nuestros miedos, nuestras dudas. Quiere que lo reconozcamos no solo como una verdad, sino como una presencia.
Creer con la cabeza no es malo; de hecho, es un paso necesario. Pero la fe se completa cuando permitimos que Dios baje al corazón, incluso cuando ese corazón está cansado, dolido o confundido.
Tomás nos enseña que dudar no nos aleja de Dios; lo que nos aleja es cerrar el corazón. Jesús siempre se deja encontrar por quien busca con honestidad.
Quizás hoy también podamos decir, con humildad:
“Señor, creo… pero ayúdame a creer no solo con la cabeza, sino con todo el corazón”.
Porque cuando la fe se vuelve experiencia, ya no necesita tantas pruebas… solo presencia.
Escrito por:
PS. Rafael Romero