Seguramente lo has escuchado más de una vez en reuniones familiares, en el trabajo o navegando por las redes sociales: "Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia". O quizás: "Jesús me cae bien, pero la religión organizada no es lo mío".
Es una frase muy popular hoy en día. Y, si somos completamente honestos, a veces los propios católicos con nuestros errores, escándalos y falta de coherencia, hemos dado motivos para que la gente piense así. Es fácil ver a la Iglesia solo como una institución humana llena de reglas, edificios antiguos y personas imperfectas.
Pero en Un Minuto con Dios nos gusta ir un poco más allá de la superficie. Hoy quiero invitarte a hacer un ejercicio de imaginación. Prepárate tu café, siéntate un momento y hagamos este experimento mental: ¿Qué pasaría si mañana nos despertamos y la Iglesia Católica, de repente, ha dejado de existir? No me refiero a que se cierren un par de parroquias, sino a que desaparezca por completo de la faz de la tierra. ¿Cómo sería el mundo?
Si la Iglesia desaparece, lo primero que perdemos es la certeza del toque de Dios. Sin sacerdotes, no hay Eucaristía. Los sagrarios de todo el mundo quedarían vacíos. Ya no tendríamos ese rincón de paz para ir a llorar, agradecer o simplemente sentarnos en silencio frente al pedacito de pan donde Jesús decidió quedarse todos los días hasta el fin del mundo.
Tampoco habría Confesión. Cuando el peso de nuestros errores nos asfixie, tendríamos que conformarnos con "pedirle perdón a Dios en nuestra mente", pero nunca más volveríamos a escuchar esa voz humana y sanadora que, en nombre de Cristo, nos dice: "Yo te absuelvo de tus pecados. Vete en paz". Dios volvería a ser una idea abstracta en el cielo, y perderíamos la belleza de un Dios que se hace material, que se toca, que se come y que perdona con voz audible.
Muchos critican la riqueza de los templos, pero olvidan un dato fundamental: la Iglesia Católica es la institución caritativa más grande del planeta.
Si la Iglesia desaparece mañana, miles de hospitales, orfanatos, comedores sociales, asilos de ancianos y leproserías tendrían que cerrar sus puertas. ¿Quién iría a los rincones más peligrosos y olvidados de África, Asia o de nuestros propios barrios latinoamericanos? Las ONG trabajan por filantropía, y hacen un trabajo hermoso, pero los misioneros, las monjas y los laicos comprometidos lo hacen porque ven la carne de Cristo en el enfermo. Sin la Iglesia, el mundo perdería a su mayor cuidador.
Vivimos en la "era de la posverdad", donde lo que hoy es moralmente aceptable, mañana puede ser un crimen, y viceversa. Todo depende de lo que dicte la moda o la mayoría en X (Twitter).
A lo largo de 2.000 años, la Iglesia ha sido como un faro inamovible en medio de un mar tempestuoso. A veces sus enseñanzas nos incomodan o nos parecen exigentes, pero eso es exactamente lo que hace una brújula: no te dice hacia dónde quieres ir, te dice dónde está el Norte verdadero. Sin el Magisterio de la Iglesia para custodiar e interpretar las Escrituras, la Biblia se convertiría en un libro que cada quien acomodaría a sus propios gustos, justificando cualquier cosa en nombre de Dios.
Afortunadamente, este experimento mental nunca se hará realidad. ¿Por qué? Porque la Iglesia no es un invento de un grupo de amigos que un día decidieron fundar un club. Fue fundada directamente por Jesucristo.
Recuerda lo que Jesús le dijo a Pedro: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18).
Es cierto que la Iglesia es una barca que a veces parece que se está hundiendo. Está llena de pecadores, de traidores, de cobardes... ¡empezando por el primer Papa, San Pedro, que negó a Jesús tres veces! Pero la garantía de que la Iglesia no desaparecerá no está en nuestra santidad, sino en la promesa de Cristo y en la fuerza del Espíritu Santo que sopla sus velas.
Cuando alguien te diga "no creo en la Iglesia", no te enojes ni discutas. Míralo con misericordia y recuerda que, muchas veces, la Iglesia que ellos rechazan no es la verdadera Esposa de Cristo, sino una caricatura desfigurada por nuestros propios pecados.
Nuestra misión hoy no es defender a la Iglesia como quien defiende a un partido político. Nuestra misión es ser Iglesia. Ser ese abrazo que perdona, esa mano que da de comer al necesitado y esa voz que anuncia la verdad con amor.
La Iglesia es tu casa. Es un hospital para pecadores, no un museo de santos perfectos. Y, gracias a Dios, tiene sus puertas abiertas de par en par para recibirnos a ti y a mí.
¡Que Dios bendiga tu semana y te dé la gracia de amar cada día más a nuestra Madre Iglesia!
Un abrazo,
Jesús Urdaneta
Un Minuto con Dios