Luego de los terribles sismos que sacudieron nuestra tierra, es natural que en el corazón de todo buen venezolano nazca un deseo urgente: queremos ayudar. Vemos las imágenes de las familias afectadas, de los rescatistas trabajando sin descanso, y sentimos la necesidad profunda de hacer algo. Sin embargo, muchas veces la realidad nos golpea: miramos nuestros propios bolsillos, nuestra despensa o nuestras fuerzas, y sentimos que lo que podemos aportar es tan poco que no hará la diferencia.
Es justo en este punto de frustración donde la Iglesia nos regala un faro de luz bellísimo. En Un Minuto con Dios queremos invitarte a mirar hacia un movimiento que entendió hace mucho tiempo el secreto de la verdadera ayuda: la Pontificia Obra de la Infancia Misionera.
Quizás recuerdes a estos niños en tu parroquia, con sus pañoletas y su lema inconfundible: "Los niños ayudan a los niños". Esta obra pontificia les enseña a los más pequeños que existen tres formas concretas de ser misioneros y ayudar a la Iglesia. Hoy, en medio de nuestra emergencia nacional, estas tres formas son la hoja de ruta perfecta para que los adultos sepamos cómo reconstruir a Venezuela.
Hagamos juntos este paralelismo y veamos cómo aplicar el método de los niños a nuestra realidad actual:
1. Ayuda Material: La alcancía del sacrificio
En la Infancia Misionera: A los niños se les enseña a no dar "lo que les sobra", sino a donar parte de la mesada que les dan sus padres. Se privan de comprarse una chuchería o un juguete para poner esa moneda en su alcancía misionera y enviarla a los niños de otros continentes que pasan necesidad.
En nuestra Venezuela de hoy: A veces creemos que para ayudar en este terremoto necesitamos donar un camión entero de alimentos. Pero la lección aquí es el sacrificio pequeño hecho con mucho amor. La ayuda material hoy significa privarte quizás de ese café en la panadería para comprar un kilo de arroz extra; es revisar tu clóset y donar esa chaqueta que te gusta, pero que alguien sin techo necesita más que tú; es hacer un pequeño aporte económico a Cáritas. No se trata de la cantidad, se trata de que tu donación lleve el sello de la generosidad sincera.
2. Ayuda Espiritual: El puente invisible de la oración
En la Infancia Misionera: Los niños saben que hay lugares a los que no pueden viajar físicamente, así que viajan con el corazón. Su compromiso es orar todos los días (un Ave María) por los misioneros del mundo, sabiendo que su oración protege y da fuerzas a quienes están en la primera línea de evangelización.
En nuestra Venezuela de hoy: Si por tu edad, tu salud o tu ubicación geográfica no puedes estar en las zonas afectadas removiendo escombros, no creas que tus manos están atadas ni que "no estás haciendo nada". A veces nos gana el activismo y olvidamos que nuestra primera herramienta es ponernos de rodillas. Tu Rosario ofrecido por las almas de los fallecidos, tu Eucaristía entregada por los damnificados y tu oración por los rescatistas (que son nuestros misioneros de hoy) es ayuda en tiempo real. En la economía de Dios, la oración sostiene las paredes que el terremoto derribó.
3. Ayuda Personal: Donar lo que somos
En la Infancia Misionera: La obra invita a los niños a donar su tiempo y sus talentos para hablarles de Dios a otros niños en su colegio, en su cuadra o en su propia familia. Ellos son misioneros en su propio metro cuadrado.
En nuestra Venezuela de hoy: El país no solo necesita insumos, necesita urgentemente de ti. La ayuda personal significa poner tu tiempo, tus conocimientos y tus dones al servicio de la emergencia. Si eres médico o enfermera, ofreciendo atención voluntaria; si eres ingeniero, ayudando a evaluar daños; si tienes un vehículo, ayudando a trasladar donativos. Y si sientes que no tienes una profesión específica, donar tu tiempo para ir a un centro de acopio a clasificar ropa, o simplemente prestarle tu oído y tu abrazo a un vecino que está sufriendo ataques de pánico por las réplicas. Donar tu tiempo es donar tu vida.
Un corazón de niño para una tarea de gigantes
La tragedia nos ha puesto a prueba, pero también nos está dando la oportunidad de sacar a la luz el verdadero rostro del venezolano: un rostro solidario, valiente y profundamente católico.
Hoy el Señor nos pide que tengamos el corazón sencillo de un niño de la Infancia Misionera, pero el compromiso firme de un adulto que ama a su país. Revisa tu despensa, aparta lo que puedas compartir, pon tus talentos a la orden de tu parroquia y, sobre todo, eleva una plegaria al cielo.
Venezuela se levanta con el esfuerzo de todos. Con esa ayuda material, espiritual y personal, estamos reconstruyendo mucho más que casas; estamos reconstruyendo la esperanza de nuestra gente porque como dicen nuestros niños de la Infancia y Adolescencia Misionera: ¡De los niños y adolescentes del mundo; siempre amigos! ¡Quien nos ama, nos ayuda!
Escrito por Jesús Urdaneta
Fundador y CEO de Un Minuto con Dios