Es la pregunta más humana, más antigua y más dolorosa que existe. Cuando ocurre una tragedia como los sismos que vivimos este pasado 24 de junio, cuando la tierra —esa que siempre consideramos firme bajo nuestros pies— se mueve y destruye lo que tanto nos ha costado construir, no solo se resquebrajan las paredes, a veces también parece resquebrajarse nuestra fe.
Vemos las imágenes de los escombros, escuchamos los testimonios de quienes lo perdieron todo, y en el silencio de nuestra habitación, con un nudo en la garganta, nos atrevemos a preguntar: "Señor, ¿dónde estabas? ¿Por qué permitiste esto?".
En Un Minuto con Dios queremos decirte algo muy importante antes de continuar: es válido hacer esta pregunta. A Dios no le asustan tus dudas, ni le ofenden tus lágrimas. Hasta el mismo Jesús, clavado en la cruz, gritó: "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Así que, si hoy te sientes confundido o con rabia, no te sientas un mal cristiano. Eres simplemente un hijo que busca el abrazo de su Padre en medio de la oscuridad.
Pero hoy queremos invitarte a mirar esta tragedia con los lentes de la fe, para intentar descubrir dónde se encuentra realmente Dios cuando la tierra tiembla.
1. Dios no está en el castigo
Lo primero que debemos sacar de nuestra mente y de nuestro corazón es la terrible idea de que los desastres naturales son un "castigo divino" porque nos hemos portado mal. Jesús vino precisamente a romper esa imagen de un Dios vengativo que nos manda rayos desde el cielo. Dios es Padre, y un buen Padre no derriba la casa sobre sus hijos para darles una lección.
Vivimos en un mundo físico, un planeta hermoso pero imperfecto, que está en constante movimiento y transformación geológica. Los terremotos son parte de la naturaleza de este mundo que aún no es el Cielo definitivo. Dios no los envía, pero en su misteriosa providencia, los permite, respetando las leyes de la naturaleza que Él mismo creó.
Recordemos la historia del profeta Elías en el Antiguo Testamento (1 Reyes 19). Elías estaba en una cueva y hubo un viento huracanado, luego un fuego, y un violento terremoto. Pero la Biblia dice algo revelador: «El Señor no estaba en el terremoto». Dios se le manifestó después, en el susurro de una brisa suave.
2. Dios está bajo los escombros, sufriendo contigo
Si Dios no envió el terremoto, entonces, ¿dónde está cuando ocurre? La respuesta de nuestra fe católica es escandalosamente hermosa: Dios está ahí mismo, sufriendo con nosotros.
A veces imaginamos a Dios sentado en una nube, mirando nuestras tragedias como quien ve una película. Pero el Dios en el que creemos es el Dios encarnado, el que se hizo hombre, sudó sangre, lloró por la muerte de su amigo Lázaro y murió torturado.
Cuando una familia venezolana llora hoy por la pérdida de su hogar o de un ser querido, Cristo está llorando a su lado. Él es el primero en sufrir al ver el dolor de sus hijos. Dios está bajo los escombros, sosteniendo la mano del que tiene miedo; está en el hospital, al lado de la cama del herido; está en el corazón del que se siente desesperado, susurrándole que la muerte y la destrucción no tienen la última palabra.
3. Dios está en "la brisa suave" de la solidaridad
Como nos ha recordado el reciente comunicado de nuestros obispos en la Conferencia Episcopal Venezolana, es en estos momentos donde la Iglesia tiene que ser el rostro visible del amor de Cristo.
¿Quieres ver a Dios hoy en Venezuela? No mires a los edificios caídos, mira a tu alrededor:
Dios está en el paramédico que lleva 48 horas sin dormir buscando sobrevivientes.
Dios está en el vecino que, habiendo perdido parte de su techo, le preparó una arepa al que se quedó sin nada.
Dios está en los miles de jóvenes y familias que están llenando las parroquias y los centros de acopio de Cáritas con ropa, medicinas y alimentos.
Dios está en los sacerdotes que caminan entre las calles afectadas bendiciendo y consolando.
Ahí está la "brisa suave" en la que se le apareció Dios a Elías. Frente a la furia ciega de la naturaleza, Dios responde desatando la fuerza imparable de la caridad humana.
De la pregunta a la acción
Es probable que el misterio del dolor humano nunca lo entendamos por completo mientras estemos en esta tierra. Pero cuando dejamos de preguntar "¿Por qué pasó esto?" y empezamos a preguntar "¿Para qué y qué me pide Dios ahora?", todo cambia.
Dios no responde al problema del sufrimiento con una explicación teórica; responde con una Presencia. Y hoy, esa presencia necesita tus manos, tus pies y tu bolsillo. Dios está aquí, en medio de nuestra amada Venezuela, y te está invitando a ser tú mismo la respuesta a la oración de alguien más.
Que el dolor no nos paralice. Que el amor de Cristo nos empuje a levantarnos, a limpiar las lágrimas, a remover los escombros y a reconstruir nuestro país con la certeza de que Dios jamás abandona a sus hijos.
¡Animo, Venezuela, que de la mano de Dios y de la Virgen, volvemos a levantarnos!